
Contexto
Para entender la importancia de la Seguridad para los Adultos Mayores es necesario conocer amplia y profundamente las responsabilidades, compromisos y obligaciones, tanto desde el punto de vista humano, moral, social y jurídico, que se involucran para la procuración y el ejercicio de los derechos de las personas adultas mayores, como su cumplimiento por parte de todas y cada una de las personas, instituciones y entidades comprometidas para ello.
Las proyecciones demográficas nos señalan claramente que nuestra sociedad está envejeciendo, y este es un fenómeno que en principio puede considerarse un éxito de las políticas de salud pública y el desarrollo socioeconómico, además de gran desarrollo científico, pero también se constituye en un reto para la sociedad, que debe adaptarse a ello para mejorar al máximo la salud y la capacidad funcional de las personas adultas mayores, así como su participación social y su seguridad.
Este envejecimiento es un proceso natural, gradual, continuo e irreversible de cambios en las personas a través del tiempo, y estos cambios se dan en el nivel biológico, psicológico y social, y están determinados por la cultura, las condiciones socioeconómicas de los grupos y las personas, y el desarrollo histórico de los mismos, por lo cual cada persona envejecemos de forma diferente.
A partir de lo anterior, podemos referir el envejecimiento de las personas a:
• La edad física: cambios físicos y biológicos que se presentan a distintos ritmos, mismos que dependen del sexo, lugar de residencia, economía, cultura, alimentación, tipo de actividades desarrolladas y emociones.
• La edad psicológica: cambios en las emociones, sentimientos, pensamientos y el significado que para cada persona tiene la vejez. Adicionalmente se presentan cambios en los procesos psicológicos, como la memoria o el aprendizaje.
• La edad social: relacionada con los significados de la vejez, diferentes para cada grupo humano, según su historia, su cultura y su organización social.
Para entender los efectos de este envejecimiento, debemos conocer primero que es producto de una transición demográfica histórica en nuestro país, cuyo proceso se caracterizó por un descenso importante de la mortalidad y de la natalidad.
De acuerdo a la información plasmada en el Boletín emitido por el Instituto Nacional de las Mujeres en febrero de 2015, en México, la primera fase de esta transición comienza en los años treinta del siglo XX con un descenso de la mortalidad que, junto con elevados niveles de natalidad, provocaron un periodo de elevado crecimiento demográfico. La segunda etapa de este proceso se dio en los años setenta también del siglo pasado con un acelerado descenso de la fecundidad, en parte como resultado de las políticas públicas de aquella década, que tenían como objetivo frenar el acelerado crecimiento de la población. Así, la baja en la mortalidad y en la fecundidad dieron pie al predominio de la población de adultos mayores. La expectativa para mediados del presente siglo es que continúen descendiendo tanto la natalidad como la mortalidad, que para esta última se registró una tasa de 5 defunciones por cada 1,000 habitantes en 2010, y se espera aumentará a 8.8 defunciones por cada mil habitantes en 2050, de acuerdo a las Proyecciones de Población de CONAPO.
Los cambios en los componentes demográficos, natalidad, mortalidad y migración, incluida la migración internacional, han determinado el volumen y la estructura por edad de la población mexicana, que pasó de aproximadamente 16.5 millones de habitantes en los años treinta del siglo pasado, a alrededor de 119.7 millones en 2014, esperando que su volumen aumente hasta llegar a poco más de 150 millones en 2050, también de acuerdo a las proyecciones del Consejo Nacional de Población (CONAPO).
En el año 1970 se mostraba una población joven: el 55.8% de las mujeres y 57.5% de los hombres tenía menos de veinte años de edad. Para 2014 se presentaba un aumento de personas en edades jóvenes y laborales, y una disminución en la proporción de niños y niñas de 0 a 4 años de edad. En ese mismo año el 26.8% de las mujeres y 29.3% de los hombres tenían menos de 15 años de edad; un 63.0% de ellas y 61.4% de ellos tenía entre 15 y 59 años y el porcentaje de adultos mayores representaba 10.2 en el caso femenino y 9.2 en el masculino. Actualmente hay más personas mayores de 60 años que menores de 4 años (11.7 millones y 8.8 millones, respectivamente) y las proyecciones de CONAPO nos indican que para 2050 las mujeres de 60 años y más representaran 23.3% del total de población femenina y los hombres constituirán 19.5% del total de la masculina.
El fenómeno de envejecimiento demográfico es irreversible, principalmente por la disminución de la fecundidad y a que la muerte ocurre a edades más avanzadas. La esperanza de vida de la población mexicana se duplicó entre 1930 y 2014 con una ganancia de 43 años en las mujeres y 39 en los hombres, lo cual significa grandes desafíos para los sistemas de pensión, jubilación y salud, principalmente, ya que supone incremento en la demanda de servicios que generará un impacto en el Sistema de Salud y a la organización familiar, así como cargas adicionales de trabajo de cuidados, ya sea institucionales como familiares, y en especial para las mujeres, quienes realizan mayoritariamente este trabajo. Y tiende a complicarse ya que los grupos de edades más avanzadas constituirán una proporción mayor; pues en 2014 las y los mayores de 80 años representaban 15.1% de personas adultas mayores y en 2050 se espera sean casi 20%..
En el marco del Día Nacional de las Personas Adultas Mayores en el pasado 2019, María del Rocío García Pérez, titular del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (SNDIF), dijo que a pesar de que la esperanza de vida ha aumentado, en la actualidad el 85% de las personas adultas mayores, de entre 60 y 75 años de edad, son independientes para realizar las actividades de su vida cotidiana, y afirmó que de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), de ese 85%, la mayoría goza de salud y sigue aportando un ingreso económico a su familia, sin embargo esta situación cambia radicalmente, caso por caso, en muy corto tiempo.
El estado de salud y pérdida de autonomía de las personas adultas mayores han sido evaluados con diferentes escalas que miden la capacidad funcional que tienen las personas para realizar Actividades Básicas de la vida diaria. La medición de este parámetro incluye las capacidades de autocuidado más elementales (comer, ir al baño, contener esfínteres) y otras como (asearse, vestirse, caminar), que constituyen las actividades esenciales para el autocuidado. Otra escala de evaluación se dirige hacia las Actividades Instrumentales también de la vida diaria, que son las que permiten a la persona adaptarse a su entorno y mantener una independencia en la comunidad, tales como: usar el teléfono, hacer compras, cocinar, limpiar la casa, utilizar transportes, administrar adecuadamente los medicamentos, etcétera.
Estudios recientes señalan que un 26.9% de las personas adultas mayores presentó dificultad para realizar al menos una Actividad Básica, 29.6% de las mujeres y 23.8% de los hombres; y 24.6% para realizar al menos una Actividad Instrumental, 28.4% de las mujeres y 20.3% de los hombres. En ambas condiciones, y en todos los casos, los datos se incrementan a medida que aumenta la edad y son mayores en las mujeres. La principal diferencia por sexo se observa en la dificultad para la compra de alimentos, que presenta 21.2% de las mujeres y 12.4% de los hombres.
Es importante considerar que el deterioro del estado de salud de las personas adultas mayores tiene un impacto directo sobre la morbilidad general y la utilización de los servicios de salud, y sobre todo representan un trabajo adicional en los hogares, cuyos miembros dedican parte de su tiempo al cuidado de esas personas. En la actualidad, los cuidados son provistos esencialmente por las familias y en particular por las mujeres.
Por diversas circunstancias, pero en particular, por la falta de acceso a servicios médicos y otros servicios de atención a personas adultas mayores, su cuidado recae principalmente en las familias, lo cual representa un trabajo adicional para los integrantes del hogar y puede incidir en su bienestar físico y emocional.
Los hogares con personas mayores consumen 50% más recursos en salud que el promedio, y las personas adultas mayores tienen una probabilidad doble de ser hospitalizadas con respecto a las más jóvenes.
Según datos de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2009, 25.3% de las personas adultas mayores, 27.8% de las mujeres y 22.5% de los hombres necesitaron que alguna persona de su hogar le brindara cuidados o apoyo. Las necesidades de cuidado se incrementan conforme aumenta la edad.
Sin embargo, no es fácil que las personas consigan el apoyo que pudieran necesitar ante situaciones específicas. De acuerdo con los datos del módulo de condiciones sociales de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos en los Hogares, (MCS-ENIGH) 2012, las personas adultas mayores, y en mayor medida las mujeres que los hombres, perciben gran dificultad e incluso imposibilidad de conseguir ayuda de familiares o de la sociedad. Un 77.7% de los hombres y 82.6% de mujeres adultas mayores perciben difícil o imposible recurrir a alguien para conseguir un empleo; estos porcentajes se incrementan a 78.6 y 85.9% de los hombres y mujeres en situación de pobreza, respectivamente.
Cerca de 44% de la población adulta mayor, y la mitad de las personas adultas mayores que viven en situación de pobreza, considera que le resultaría muy difícil o imposible conseguir ayuda para que le cuiden durante un periodo de enfermedad. La Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (ENADIS) 2010 indica que el cuidado de personas adultas mayores se da en un 80% por miembros cercanos de la familia (esposa o esposo, hijos e hijas), un 6.5% no recibe cuidados de nadie cuando se enferma, y apenas un 11% recibe ayuda de otras personas, sean o no sus familiares. (INMUJERES, 2015).
Durante el Segundo Congreso Internacional Interdisciplinario sobre Vejez y Envejecimiento, Margarita Maass Moreno, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, señaló que "en México, 16 por ciento de los adultos mayores sufre rasgos de abandono y maltrato; el aislamiento de los ancianos es cada vez más patente en una sociedad inmersa en una creciente competitividad y caracterizada por procesos de deshumanización en muchos sentidos. Así, 20 por ciento de ellos vive en soledad, no sólo olvidados por el gobierno y la sociedad, sino también por sus propias familias",
La investigadora universitaria recordó que la encuesta nacional de salud y nutrición 2012 arrojó el dato de que casi 10 por ciento de la población es de adultos mayores, y de ellos 25 por ciento está en condiciones bajas de bienestar y casi 20 por ciento en muy bajas. Hay cinco millones de ese sector que carecen de los ingresos suficientes para adquirir bienes y servicios para vivir dignamente. "Tenemos la hipótesis de que con el aumento de la edad el nivel de vulnerabilidad es mayor, y el bienestar y la condición de vida son menores".
Según la Organización Mundial de la Salud, "El maltrato de personas mayores se define como la acción única o repetida, o la falta de la respuesta apropiada, que ocurre dentro de cualquier relación donde exista una expectativa de confianza y la cual produzca daño o angustia a una persona anciana." Puede ser de varios tipos: físico, psicológico/emocional, sexual, financiero o simplemente reflejar un acto de negligencia intencional o por omisión.
En el marco del Sistema Nacional de Información Estadística y Geográfica, el INEGI llevó a cabo en el último trimestre de 2016, la cuarta Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, y en la cual se establece que la prevalencia de violencia reciente, experimentada durante el año 2015, es de 12.5% del total de adultas mayores. La situación es más frecuente entre las del grupo de entre 60 y 69 años, con prevalencias de 6.9% de violencia emocional, 3.7% violencia económica, 1.9% violencia física y 0.8% violencia sexual. Los datos indican que la violencia disminuye conforme aumenta la edad, pues mientras 9.0% de las mujeres de entre 60 y 69 años sufrió algún tipo de violencia en el último año, el porcentaje disminuyó a 0.8% de las de 80 años o más.
A estas mujeres adultas mayores se les preguntó sobre otras situaciones de violencia a las que pudieran estar expuestas en su hogar. Un 18% de ellas ha sufrido algún tipo de violencia por parte de sus hijos o hijas, nietos (as), sobrinos(as) u otros parientes o no parientes. Los episodios más frecuentes de violencia son del tipo emocional: a un 10.7% le han dejado de hablar, 6% de ellas dijeron que las dejan solas o las abandonan y al 3.3% le han dicho o le hacen sentir que es un estorbo. Otras manifestaciones de violencia están relacionadas con descuido o negligencia: a 2.7% la descuidan cuando se enferma o le dejan de dar sus medicamentos y a 3.2% le han negado ayuda cuando la necesita.
De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación (ENADIS) 2010, se identificó a las personas adultas mayores como el cuarto grupo de población vulnerable a la discriminación, entendida como toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en la edad adulta mayor que tenga por objeto o por resultado la anulación o la disminución de la igualdad ante la ley o del reconocimiento, goce o ejercicio, en igualdad de condiciones, de todos los derechos humanos y las libertades fundamentales. Algunas formas de discriminación son las cometidas por las y los integrantes de sus familias que se reflejan en abuso, explotación, aislamiento, violencia y actos jurídicos que ponen en riesgo su persona, bienes y derechos.
Es en este punto donde se inicia el problema que se pretende atender. Como se señaló anteriormente, al afrontar la responsabilidad del cuidado de un adulto mayor, la familia inicia un constante desarrollo de esfuerzo adicional que se incrementa paulatina pero inevitablemente conforme el paso del tiempo, lo que se refleja en inversión de recursos tanto físicos, humanos y económicos.
En este contexto es muy fácil y frecuente incurrir en errores de acción u omisión en el cuidado del adulto mayor; Algunos autores sugieren que debido a la sobrecarga que asumen las personas cuidadoras, cuyo estado de salud físico y emocional a la larga se ve afectado por la carga relacionada con el trabajo de cuidados que proporcionan, existe un riesgo de maltrato en la vejez aunado a la dependencia y vulnerabilidad de las personas adultas mayores (Torres y Villagrán (s/f); Ruelas y Salgado, (2006) .
Diversos estudios y experiencias han demostrado que la gran mayoría de los adultos mayores no conocen cuáles son sus derechos, lo que limita su exigibilidad y propicia actos de discriminación, abandono y maltrato hacia ellos. Por otra parte las personas mayores que están siendo víctimas de un maltrato, se encuentran en una situación de aislamiento y soledad, donde muchas veces sólo están en contacto con las personas que ejercen sobre ellos el maltrato y tienen miedo o están imposibilitados para denunciar a sus propios familiares, pero del mismo modo gran cantidad de ciudadanos en condición de cuidadores de personas adultas mayores, o bien que lo han sido, o que van a serlo de una manera u otra por situaciones normales de vida, tampoco conocen los derechos de las mismos adultos mayores y mucho menos sus reales responsabilidades y compromisos, no solo morales, sociales o económicos, sino de orden jurídico e inclusive penal.